jueves, septiembre 24, 2009

Una Invitación Extraña

Cierto día, recibí un llamado telefónico; al otro lado de la línea, la voz de un joven me dijo que era parte de un proyecto literario para el incentivo de la lectura aquí en Conchali; me pareció curioso, no recordaba haber estado metido en nada parecido, sin embargo insistió y recordé que meses atrás, tal vez un año o mas incluso, nos había convocado el departamento de cultura del municipio para hablar sobre la actividad literaria y, como incentivarla en la comuna. Hasta ese momento todo muy bien, las charlas fueron amenas y se comenzó a desarrollar un proyecto que buscaría ser financiado con fondos para el incentivo de la lectura.

Por eso me resultó extraña la llamada. Días antes, había recibido el llamado telefónico del escultor W preguntándome si me interesaba participar en este antiguo proyecto, el cual se había ganado su financiamiento, con la idea de reactivar una conversación desde el arte y la literatura aquí en este apartado municipio.

Si bien, con el alcalde CS, en su oportunidad, mientras ocupó el cargo, no habíamos tenido buenas migas, sí logramos entablar cierto nivel de consideración.

En este caso era diferente, RM, representaba una mirada totalmente opuesta a la que pudiera yo tener, por lo tanto, los encargados de cultura de turno, con el entusiasmo parecido a un militante mormón, con una inocencia aprendida estratégicamente para conseguir sus objetivos, me bombardeaban de preguntas y solicitudes para entregar mis antecedentes curriculares y así cumplir, según ellos, con las exigencias de contraloría y, hacer de este proyecto un ejemplo de transparencia fiduciaria.

Si bien, W me daba confianza, la desconfianza surgía de esta insistencia por debelar mis mas pequeños secretos, viendo tras ello la intención de definir el perfil de todos aquellos “escritorcillos” que corren y saltan por unas chauchas y buscan tribuna para autentificar una trayectoria, para construir una carrera de la vida, como una forma de evaluar a aquellos que se dicen escritores, calificarlos, clasificarlos, darles un peso especifico.

Mientras tanto, seguía en mi empecinada tozudez de escribir mis cosas, sin preocuparme si algún día, alguien, cualquiera, viniese y me diera un par de tiros, enviado por algún sensible personaje que a parte de leer mis escritos, estuviese sumido en alguna profesión de fe intolerante e intransigente.


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